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La Democracia Electoral Mexicana: Una Mala Obra de Teatro

Written By Epigmenio Rojas on miércoles, 27 de diciembre de 2017 | 7:34

La Democracia Electoral Mexicana: Una Mala Obra de Teatro

Por Alejandro MARIO FONSECA

CHOLULA. - Por allá a principios de los años 70 del siglo pasado, vi la película Un perro andaluz, creo que en el cine club de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Me impacto por la violencia física extrema, pero no le entendí mucho.

Después me enteré por algunos amigos que sabían de cine y que tenían familiares estudiando o trabajando en el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos) que la película era todo un manifiesto surrealista.

 El título original en francés es Un chien andalou, se trata de un cortometraje originalmente mudo. Y ya en la versión de 1960 se le incorporó música de Wagner y un tango.

 Un perro andaluz fue escrita, producida, dirigida e interpretada por Luis Buñuel en 1929 con la colaboración en el guion de Salvador Dalí y gracias a un presupuesto de 25 000 pesetas que aportó la madre de Buñuel.

Se estrenó el 6 de junio de 1929 en el cine Studio des Ursulines de París (Francia). Posteriormente se exhibió durante nueve meses ininterrumpidamente en el Studio 28 de la misma ciudad.

El rodaje duró quince días. Según refiere Buñuel a De la Colina y Pérez Turrent, Un perro andaluz nació de la confluencia de dos sueños. Dalí le contó que soñó con hormigas que pululaban en sus manos y Buñuel a su vez cómo una navaja seccionaba el ojo de alguien.

¿Qué es el surrealismo?

Un perro andaluz está considerada la película más significativa del cine surrealista. Ya que pretende provocar un impacto moral en el espectador a través de la agresividad de la imagen. Remite constantemente al delirio y al sueño, tanto en las imágenes producidas como en el uso de un tiempo no lineal de las secuencias.

El nombre Un perro andaluz fue elegido porque no guardaba relación alguna con los temas del filme. Lorca se sintió aludido por el título, pero Buñuel negó dicha alusión, alegando que era el de un libro de poemas que él tenía escrito desde 1927. 

Y en esta breve sinopsis que tomé de la Wikipedia, ya tenemos un primer concepto de surrealismo. Se trata de un movimiento literario y artístico que busca trascender lo real a partir del impulso psíquico de lo imaginario y lo irracional.

En El surrealismo y la pintura, de 1928, Breton expone la psicología surrealista: el inconsciente es la región del intelecto donde el ser humano no objetiva la realidad, sino que forma un todo con ella.
El arte, en esa esfera, no es representación sino comunicación vital directa del individuo con el todo. Esa conexión se expresa de forma privilegiada en las casualidades significativas (azar objetivo), en las que el deseo del individuo y el devenir ajeno a él convergen imprevisiblemente; y en el sueño, donde los elementos más dispares se revelan unidos por relaciones secretas.

El surrealismo propone trasladar esas imágenes al mundo del arte por medio de una asociación mental libre, sin la intromisión censora de la conciencia. De ahí que elija como método el automatismo, recogiendo en buena medida el testigo de las prácticas espiritistas, aunque cambiando radicalmente su interpretación: lo que habla a través del médium no son los espíritus, sino el inconsciente.

El surrealismo mexicano: una silla con tres patas

Fue en la literatura, pero después en la pintura y en el cine donde el surrealismo daría sus frutos más importantes. Lo que me interesa destacar en este breve comentario, es lo que los surrealistas decían de nuestro país.

 En la revista experimental +de MX encontré una explicación lúcida. Según esto en México el surrealismo no es un movimiento artístico o una corriente filosófica sino un ingrediente de nuestra genética cultural.

Para comprobarlo basta con echar un vistazo a las danzas y rituales, a la gran tradición encabezada por curanderos y chamanes, a la magia que sedujo a incontables ocultistas europeos o, también, a los criterios ornamentales que imperan en el transporte público.

Existe una genial anécdota que nos cuenta cómo es que André Breton, el francés considerado como fundador del surrealismo, llegó a la conclusión de que México era el país más surrealista del mundo.
La historia cuenta que, en 1938, cuando Breton visitó México y maravillado por la refinada artesanía que distingue al país, quiso encargar a un carpintero local una silla artesanal.

Como sugería el protocolo cartesiano, bocetó la silla que quería, en perspectiva, por lo cual la cuarta pata estaba oculta por el asiento. 

Días después de haber entregado su boceto, Breton recibió una silla exquisitamente labrada, sólidamente montada y con un acabado espléndido. Solo que el carpintero mexicano, con plena naturalidad, había mantenido una completa fidelidad al modelo bocetado por el francés, por lo cual la silla tenía únicamente tres patas.

Las elecciones en México: surrealismo y farsa

A raíz de este episodio Breton no dudó en proclamar a México como “el país más surrealista del mundo”. Eventualmente Salvador Dalí, quien también visitó México, respaldaría a Breton, advirtiendo que jamás regresaría a este, un país más surreal que sus pinturas.

Quise escribir sobre este tema, porque la forma en la que fueron decididas las candidaturas de la actual contienda electoral con miras al 2018 y sobre todo las precampañas, que ya empezaron, me llevan a la conclusión de que “el reiterado fracaso de la democracia electoral en México demuestra que seguimos siendo un país surrealista”.

Y es que, como los mismos jóvenes de la revista experimental +deMX apuntan: independientemente de que México sea o no el país más surrealista del planeta, lo que queda claro es que aquí la metáfora es, con frecuencia, una realidad palpable –lo cual ofrece un encanto incomparable.

Si una metáfora es la traslación del sentido recto de las voces a otro figurado, entonces la democracia electoral mexicana no es más que una mala obra de teatro de carácter cómico.

 Pero además también es una sátira, en especial aquella que satiriza los aspectos ridículos y grotescos en los que participamos todos, tanto los árbitros electorales, como los candidatos y los votantes.

La clase política, es decir los oligarcas de los gobiernos y de los partidos políticos, son los que administran el tinglado: se encargan de la intriga, del enredo y de aceitar la maquinaria con dinero muchas veces mal habido.

¿Qué no? Nada más hay que ver las campañas (perdón pre campañas) de Anaya, Meade y López Obrador. Más que políticos parecen ilusionistas: son todo un show surrealista. Y lo que nos espera, ya que apenas son precampañas.


Pero como ya estamos en fiestas navideñas, amable lector, lo invito en que tomemos todo esto con calma y a la ligera; ya habrá tiempo de ponernos más exigentes y críticos. ¿Qué tal? 
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