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“Ánimo. Soy yo. No tengan miedo”

Written By Epigmenio Rojas on lunes, 21 de agosto de 2017 | 6:59


“Ánimo. Soy yo. No tengan miedo”

Por Mons. Eugenio LIRA RUGARCÍA
Obispo de Matamoros


MATAMOROS, TAMS. - Subidos en la barca de Jesús, que es la Iglesia, surcamos el mar de la vida, anhelando llegar a la otra orilla; el encuentro definitivo con Dios, en quien seremos felices por siempre. Sin embargo, a veces en esta travesía enfrentamos tormentas que amenazan hundirnos: enfermedades, crisis, problemas en casa, la escuela y el trabajo; dificultades con los amigos, angustias económicas, injusticias y violencia.

Pero Dios se acerca a nosotros a través de su Palabra, contenida en la Sagrada Escritura y en la Sagrada Tradición; de sus sacramentos, entre los que destaca la Eucaristía; de la oración, la familia, los amigos y los acontecimientos. Para reconocerlo sólo necesitamos tener presente que él se manifiesta, no de forma espectacular, sino de manera suave y sencilla, como hizo con el profeta Elías.

Sin embargo, puede ocurrirnos lo que, a los discípulos, que dejándose dominar por el miedo, confundieron a Jesús, en quien Dios viene a salvarnos, con un fantasma; una ilusión poco práctica y aburrida que espanta la diversión y la alegría ¡No caigamos en esa tentación! Como Pedro, reconozcámoslo y pidámosle que nos mande ir a él superando aquello que amenaza hundirnos: el pecado, el mal y la muerte.

Pedro dio prueba de su fe; “creyó –señala san Jerónimo– que con el poder de su Maestro podría hacer lo que no podía con sus fuerzas naturales” Con la fuerza del Amor que Cristo nos comunica, podremos ir adelante. Porque sólo el amor es capaz de hacernos superar los problemas personales, matrimoniales, familiares y sociales.

No obstante, también puede pasarnos lo que, a Pedro, que, aunque empezó a caminar sobre el agua, al sentir la fuerza del viento, se dejó dominar por el miedo y comenzó a hundirse. Así puede sucedernos cuando, a pesar de confiar en Dios y esforzarnos por amar como nos enseña –procurando ser comprensivos, amables, justos, pacientes y serviciales, perdonando las ofenzas y pidiendo perdón a los que nos ofenden–, los vientos contrarios sigan soplando en casa y en el mundo.

Sintiendo la fuerza del viento, Pedro dudó, se desanimó y comenzó a hundirse. Pero sabiendo que Jesús no lo abandonaría, gritó con fe y confianza: “¡Sálvame, Señor!”. “Pedro –comenta san Agustín– puso su esperanza en el Señor y todo lo pudo por el Señor… tuvo miedo, pero se volvió al Señor... ¿Y podía acaso el Señor abandonar al que zozobraba, oyendo sus súplicas?”.

Juan Pablo II decía: “Cuando todo se derrumba alrededor de nosotros, y tal vez también dentro de nosotros mismos, Cristo sigue siendo el apoyo que no falla”. ¡Sólo él puede rescatarnos! Por eso san Pablo se dolía de ver que los suyos rechazaban a Jesús, y estaba dispuesto a todo con tal de que se dejaran encontrar por él.

“Nunca se suelten de la mano de Jesucristo –aconseja el Papa Francisco–, nunca se aparten de Él; y, si se apartan, se levantan y sigan adelante. Él comprende lo que son estas cosas. Porque de la mano de Jesucristo es posible vivir a fondo, de su mano es posible creer que la vida vale la pena, que vale la pena dar lo mejor de sí, ser fermento, ser sal y luz”.

Escuchemos a Jesús. Sólo él tiene palabras de paz. Si vivimos amando como nos enseña, veremos como poco a poco van amainando los vientos contrarios de la injusticia, el mal y la violencia, y alcanzaremos una vida plena y eternamente feliz.


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