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Los que se tienen por buenos y desprecian a los demás

Written By Epigmenio Rojas on domingo, 6 de noviembre de 2016 | 15:19

Los que se tienen por buenos y desprecian a los demás

Por Eugenio LIRA RUGARCIA

MATAMOROS, TAMAULIPAS.- Cuentan que un hombre era tan soberbio, que de pequeño decía a su papá: “cuando sea grande quiero ser como tú... para tener un hijo como yo”. Quien es así, termina como Narciso; ahogado al intentar abrazar su propia imagen reflejada en el agua.

“Imprudente –escribe Ovidio– ¿por qué en vano unas apariencias fugaces alcanzar intentas?”.

Jesús no quiere que terminemos así. Por eso, a través de una parábola nos invita a revisar nuestra actitud con nosotros mismos, con Dios y con los demás.

San Gregorio decía que de cuatro maneras suele demostrarse la hinchazón de la arrogancia; cuando creemos que lo bueno nace exclusivamente de nosotros mismos; cuando creemos que hemos recibido una gracia por nuestros propios méritos; cuando nos jactamos de tener lo que no tenemos; y cuando despreciamos a los demás.

Todo esto se ve en el fariseo, que lleno de sí mismo, no deja lugar a Dios ni a los demás. “Finge orar –comenta el Papa Francisco–, pero solamente logra vanagloriarse de sus propios méritos, con sentido de superioridad hacia los demás… En vez de tener delante a Dios, tiene un espejo”.

¡Cuántas veces nos pasa lo mismo! Pensamos que todo lo hacemos bien y que son los demás los que hacen todo mal: la esposa, el esposo, los hijos, papá, mamá, los hermanos, la suegra, la nuera, los vecinos, los compañeros, la gente, ¡y hasta Dios!

Así despreciamos a todos sintiéndonos “la perfección andante” al pensar que no somos ladrones, injustos o adúlteros, aunque le robemos a la familia el amor y el tiempo que deberíamos dedicarle. Aunque le arrebatemos a los demás su honra y dignidad. Aunque no paguemos ni cobremos lo justo. Aunque seamos parte de la corrupción y la contaminación. Aunque seamos indiferentes a los pobres. Aunque seamos infieles a nuestros deberes cristianos y ciudadanos.

¿Qué sucede entonces? Lo que, al fariseo, que encerrado en sí mismo no permitió a Dios que lo rescatara y lo sanara con su perdón. Por eso, por nuestro bien, Jesús nos propone otra actitud; la del publicano, que con humildad reconoce sus faltas y, aceptando que necesita ayuda, pide perdón. Así su oración “atraviesa las nubes”, y es escuchada por Dios, que nos rescata a través de Jesús.

San Pablo lo comprendió. Y fiado en que Dios lo salvaría y lo llevaría al cielo, compartió la fe que había recibido, sin despreciar a nadie. Esa fe que “nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza”.


“Tengo que luchar contra muchos defectos –escribió santa Faustina– sabiendo bien que la lucha no humilla a nadie”. Reconociendo la obra de Dios en nosotros, reconozcamos también nuestros pecados y abrámonos a su perdón, sin nunca despreciar a nadie.
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