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Abadón-Infierno-Seol

Written By Epigmenio Rojas on miércoles, 6 de abril de 2016 | 21:56


Segunda Parte

CHOLULA.- Gritos aterrorizado y se aferraba a él diciendo ¡Ayúdame! ¡Me estoy rendo al infierno! La experiencia fue tan espantosa, que él sentía que se le enfriaba la espina dorsal. Cada vez que el paciente recobraba el sentido le imploraba que no dejara de darle masaje al corazón, “Esto era muy extraño, explica el doctor, siempre que un paciente vuelve en sí, lo primero que me dice es que no lo toque, ya que debido a mi tamaño, los masajes al corazón, pueden ser tan doloroso, que son frecuencia le rompo las costillas al sujeto”, en ese momento lo importante es resucita al paciente, sin embargo este hombre me decía que no dejara de bombear el corazón. El paciente tenía una experiencia y alarma en el rostro, se veía más aterrado que si hubiera visto un fantasma. De hecho sus facciones estaban desfiguradas por el pánico devastador, con las pupilas dilatadas, su cuerpo temblando de espanto y la frente perlada de sudor, dijo: ¿Es que no entiendes? ¡Cada vez que me muerto… Estoy en el infierno! Su lucha continuó durante un tiempo que a él le pareció una eternidad. Inicialmente no hizo caso de lo que el paciente le decía, pero ante su insistencia, llegó a la conclusión de que el hombre verdaderamente estaban viviendo lo que experimento y vivió, ¿Qué hago para salir del infierno? Le dije en una ocasión, ¿Cómo que, qué hago para salir del infierno? ¡Yo soy médico, no sacerdote! Pensó para  sí, pero el paciente no desistía, “ore por  mí”, recordando lo que había aprendido en la escuela Dominical, le dije “repita esta oración, Yo declaró que Jesucristo es el hijo de Dios. Perdona mis pecados y líbrame del infierno, si me muero, yo quiero ir al cielo, pero si vivo, seré siempre tuyo. Con la oración improvisada en el piso de mi consultorio, ese hombre tuvo una experiencia de genuina conversión en vez de estar con los ojos hacia atrás tratando de pelear contra la muerte, se quedó en paz como cualquier paciente moribundo. 

Estimado lector como podrás ver en este testimonio del doctor antes mencionado es verídico y real lo que sucedió con uno de sus pacientes, no todos los que mueren van al cielo, detrás de la puerta llamada “la muerte” existen dos caminos, los que duermen en el polvo de la tierra despertarán unos para la vida eterna y otros para le ignominia, para el desprecio eterno, Dn. 12-2.

Muchas personas afirman hablan con los muertos, hay quienes creen que el espíritu del  muerto sale del cuerpo y vaga sobre la tierra, eso no lo menciona las escrituras, el alma tiene dos destinos y ninguno de ellos implica nada parecido –alguien. Que se comunica con los espíritus muertos; no está hablando con tu ser querido, se está comunicando con un demonio que tal vez conoció a tu ser querido y por eso está al tanto de detalles personales. La biblia es clara, al tratar de consultar a espíritu de los muertos, es abominación a Dios, incurriendo en la maldición, Al morir nos encontramos con nuestro destino ya establecido, no habiendo nada que hacer para cambiarlo en ese instante”. Una vez que el cuerpo físico caiga  muerto,  no hay posibilidad a cambiarlo, el destino eterno de cada ser humano está determinado en base a las acciones sobre la tierra, después de morir no hay oportunidad de cambiarlo felizmente. Mientras hay vida, hay salud, harás algo para cambiar tú destino, “estando viviendo determina tu destino eterno”. La biblia es clara: Hay dos lugares a donde llegar después de la muerte terrenal, “El Paraíso” o “El Hades”, toda rebelión será castigada. Me has hecho andar en tinieblas y no de luz, tinieblas tales que pueden palparse, Ex. 10-21.

Y serán agrupados en montón como prisioneros en un calabozo, serán encerrados en la cárcel y después de muchos días serán castigados. Is. 24-22.

El hombre quiere y desea invertir las cosas, “me gusta el amor de Dios, pero no me agrada las responsabilidades de guardar sus mandamientos”. Lo más triste de todo las iglesias están llenas de personas que van a ir al infierno, seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al señor, Hc. 12-14. El no quiso ver perdida, mi alma en la maldad, Dio su sangre por mi vida, y él me sostendrá, son su gozo y complacencia, cuantos él salvó, y al salvarme su clemencia, él me sostendrá. Dios te ama.
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